La aventura
La aventura —Lo prometo. Prometo, incluso a costa del sufrimiento y el infortunio, nunca pedirle nada en contra de sus principios.
La voz de Carlos sonó débilmente.
—Yo respondo de él, buen padre.
Luego pareció delirar y susurró, tan bajo que apenas pudimos entenderle:
—Se parece a su hermana. Oh divina…
Y tras este susurro espectral, ese rumor acompañado de ligeros chasquidos del rosario en las manos de la monja, se apoderó de la habitación un silencio tan grande como la quietud de un mundo de credos desconocidos, de amores, de creencias, de silenciosas ilusiones, de pasiones no expresadas y motivos secretos que anidan en nuestros insondables corazones.
Serafina me había dirigido una rápida mirada —la primera mirada—, que yo había sentido más que visto. Carlos hizo un esfuerzo y, levantándose, puso la mano de Serafina en la mía.