La aventura
La aventura Carlos esperó un momento. El fuego de sus enigmáticos ojos me abrasaba el rostro. ¿Qué irÃan a pedirme? Eso no era nada. Desde luego yo respetarÃa los escrúpulos de la joven —sus escrúpulos— aunque se me partiese el corazón. SentÃa intensamente su vida a mi lado; ella no podÃa estar más próxima a mÃ, no importa lo que hiciesen otros o lo que yo pudiese prometer. Ella habÃa conseguido ya toda la devoción de mi amor y de mi juventud, una irracional y poderosa devoción, sin intención o esperanza de recompensa. Casi me avergonzaba pronunciar las dos palabras que ellos esperaban.
—Lo prometo.
Y de pronto la escena cobró sentido, comprendà claramente, con todas sus consecuencias remotas y su atroz inutilidad contra los peligros, algo que ya estaba en mi mente y que apenas habÃa osado considerar hasta entonces: los esponsales. El sacerdote, y también Carlos, debÃan saber que esta ceremonia no tenÃa poder vinculante. Para Carlos eso simbolizaba el cumplimiento de sus deseos. El padre Antonio pensaba ya en la dispensa papal: yo era un hereje. ¿Y si me la rechazaban? Mas ¿qué me importaba a mà ese riesgo, si nunca me habÃa atrevido a esperar nada? Por otra parce, la habÃan traÃdo hasta aquÃ, la habÃan persuadido, bajo la influencia de sus miedos y la impresión que le causaba la vista de Carlos. ¿Qué podÃa importarle yo a ella? Y repetÃ: