La aventura

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Su deseo iba a verse realizado, porque, a punto de recibir la herencia espiritual que esperaba, rehusó, o fue incapaz de apartar su mirada de las cosas de este mundo. La tarea del padre Antonio era salvar su alma; y con una especie de astucia simple y sacerdotal, en la que había mucho amor por su más noble penitente, iba a tratar de apaciguar su inquietud dándole una satisfacción romántica. Su voz, muy grave y profunda, se dirigió a mí:

—Acérquese, hijo mío… más cerca. Confiamos en los sentimientos naturales de piedad inculcados en todos los corazones humanos, en la nobleza de su extracción, en el honor de su hidalguía, y en ese valor inextinguible que, por la inagotable gracia de Dios, distingue a los hijos de su afortunada y triste nación.

Su voz de bajo, que el tono solemne con que se expresaba hacía más grave, tenía vibraciones roncas. Había una cierta dignidad rústica en la tosquedad de su figura, en su rostro ancho, en el gesto de su mano levantada.

—Prometerá usted respetar los dictados de nuestra conciencia, guiado por la autoridad de nuestra fe; remitirse a nuestros escrúpulos y a las prácticas de nuestra Iglesia en las materias que, según nosotros, atañen al bienestar de nuestras almas… ¿Lo promete?


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