La aventura
La aventura Sentí que las sombras se deslizaban bajo mis pies. Sólo yo podía moverme en aquella gran cámara, donde las alegres manchas de color se mezclaban con las fúnebres sombras, donde las figuras expectantes y silenciosas del sacerdote y la monja, servidores de una eternidad desapasionada, parecían inmovilizadas y mudas por su asombro hostil ante el triunfo efímero de la vida y el amor. Y sólo se oía el impaciente golpeteo de la mano del enfermo sobre la almidonada seda de la colcha.
Era una llamada dirigida a mí. Un candelabro de pared de dos brazos iluminaba intensamente la cabeza inanimada de Serafina; y cuando me acerqué a ella ni siquiera la sombra de sus pestañas temblaba en sus mejillas. Los labios de Carlos se movieron; su voz casi se había apagado; pero a pesar de su delgadez, de la profundidad de sus ojos, de sus mejillas demacradas, de sus sienes hundidas, conservaba todo su atractivo, el encanto de su temperamento galante y romántico que la enfermedad había afinado hasta un grado casi sobrenatural.