La aventura
La aventura Me detuve como si fuese un intruso; de todas las personas que estaban en la habitación del enfermo, ni una sola volvió la cabeza. La quietud de las luces, de los objetos, del aire, parecía haber pasado al rostro de Serafina. Ella permanecía de pie, bien tiesa, bajo las pesadas colgaduras de la cama, ofreciendo un aspecto muy español y muy romántico con su corta falda negra y su mantilla de encaje negro envolviéndole cabeza, hombros y brazos, hasta la cintura. Sus pies desnudos, enfundados en unas zapatillas de tacón alto, daban la impresión de que iban a echarse a volar, como si hubiese entrado corriendo en la habitación angustiada o con miedo. Incorporado en la cama, con la espalda apoyada en unas almohadas de edredón blancas como la nieve, Carlos no hablaba ya con ella. Había terminado de hacerlo; y el rubor de sus mejillas, el vehemente brillo de sus ojos, le daban un aspecto animado, casi de júbilo, una especie de resplandor como de llama que se consume. Me estaban esperando. Pese a todo su entusiasmo y su aparente vitalidad, lo único que podía él hacer era levantar su mano blanca tres o cuatro centímetros de la colcha de seda que cubría gratamente sus miembros, como un inmenso paño mortuorio color carmesí. Había algo de gozoso y de cruel en el resplandor tenue de esta tela de color, que contrastaba con la palidez mortal de las sábanas, la morenez de su rostro consumido, su cabeza oscura sin cuerpo visible, simbólicamente inmóvil. Las sombras confusas y el esplendor empañado de las colgaduras blasonadas, recogidas en todo lo alto bajo el techo, caían en rígidos y pesados pliegues hasta el pulido suelo, que reflejaba las luces como una lámina de agua, o más bien como el hielo.