La aventura
La aventura Cuando salí corriendo, la luna se había ocultado detrás del caballete del tejado; todo el cuadrilátero de la Casa estaba ahora oscuro bajo las estrellas; sólo un tenue resplandor amarillo, procedente del farol que pendía de la puerta abovedada, iluminaba la fuente del patio. La silueta del sacerdote había desaparecido de la vista y unos golpes lejanos, mezclados con ruidos de pasos, parecían formar parte del tumulto dentro de mi corazón. Abajo en la puerta, una voz requirió: «¿Quién va?». Seguí corriendo. Dos minúsculas llamas ardían delante de la puerta de la habitación de Carlos al final de la larga perspectiva del corredor, y dos de las doncellas de Serafina, que aguardaban delante de los grandes paneles de caoba, se apartaron al acercarme yo. Los torcidos cirios temblaban en sus manos; la cera goteaba y la más alta de las dos chicas, que llevaba su largo cuello al descubierto, me miró con ojos somnolientos, en una especie de mudo asombro. A la más regordeta —La Chica— le castañeteaban los dientes terriblemente cual castañuelas. Se apartó a un lado, riéndose un poco histéricamente y levantando los ojos hacia mí.