La aventura

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—Hijo mío, he observado su emoción. Nosotros, confidentes designados de las debilidades humanas, estamos prestos a discernir los rastros de sus sentimientos más íntimos. Déjeme que le diga que mi querida hija ante Dios, la señorita doña Serafina Riego, está con don Carlos, virtual jefe de la familia, desde que su Excelencia don Baltasar se encuentra en un estado de, digamos, inocencia infantil.

—¿Qué quiere usted decir, padre? —balbuceé yo.

—Ella le espera a la cabecera de la cama de don Carlos —declaró el sacerdote, levantando los ojos.

Y como su solemnidad parecía haberme privado de la facultad de moverme, añadió con su habitual simplicidad:

—Pues bien, hijo mío, puedo decirle que a ella no le es completamente indiferente su persona.

No me habría dejado caer más repentinamente sobre la silla si el buen padre me hubiese disparado una pistola en el pecho. Se marchó y, cuando pegué un salto para seguirle, vi en el gran espejo sin marco que había en la pared un hombre joven, vestido de terciopelo negro con gorguera blanca, que me miraba fijamente a los ojos, como la aparición de un fantasma español que tuviese mi rostro de inglés.


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