La aventura

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—Después de todo —dijo él, levantando la vista ingenuamente—, el oficio de nosotros los sacerdotes es salvar almas. Es un momento bien solemne cuando se acerca la muerte. Los asuntos de este mundo deberían desecharse. Y sin embargo, seguramente Dios no tiene intención de abandonar a los vivos a merced de los malvados.

La tristeza se pintaba en su rostro, en sus ojos. Todo el mundo parecía estar durmiendo. Hizo un esfuerzo.

—Hijo mío —dijo con decisión—, le invito ahora mismo a seguirme hasta la cabecera de la cama de don Carlos. Yo, un humilde sacerdote, indigno instrumento de la gracia de Dios, le pido que le lleve la paz que mi ministerio no puede proporcionarle. Su hora está próxima.

Me levanté, sorprendido por su solemnidad, por la insinuación de significado oculto que había en esas palabras.

—¿Se está muriendo ya? —grité yo.

—Debe despegar sus pensamientos de las cosas terrenales; y si no hay otro medio…

—¿Qué medio? ¿Qué esperan que haga yo?


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