La aventura
La aventura ¿Por qué venía este estúpido sacerdote a hablarme así? Como si yo no tuviera ya bastante con mis propias e insoportables preocupaciones.
Se sentó y empezó a agitar su pañuelo. En su rostro ancho se reflejaba… sencillamente e incluso de manera conmovedora… el conflicto interno de su generosidad y de sus dudas.
—Observo su emoción, hijo mío —dijo.
Yo debía de estar más pálido que un muerto. Y al cabo de un rato, él meditó en voz alta:
—Después de todo, ustedes los ingleses son una nación reverente. Usted, descendiente de la nobleza, ha sido educado en una deplorable rebelión contra la autoridad de Dios sobre esta tierra. No se mofe usted… no lo haga. Yo, un humilde sacerdote… Después de todo, el mismo Santo Padre, en su inspirada sabiduría… He rezado a Dios para que me ilumine…
Extendió su pañuelo mojado sobre sus rodillas y bajó la cabeza. Yo había recuperado el dominio de mí mismo, pero no entendía lo más mínimo. Había pasado de la exasperación a una fatiga agobiante que parecía sumirme en la más profunda oscuridad.