La aventura

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—Todos nosotros pensamos en esa pobre niña… pero imagine, don Juan, toda esa riqueza consagrada a los inicuos propósitos de ese hombre. La felicidad de esa criatura sacrificada…

—No puedo imaginar eso… ni es mi deseo —interrumpí yo, tan violentamente que él me hizo callar alzando ambas manos.

—… a esas alocadas empresas contra su propio país —continuó él con vehemencia, haciendo caso omiso de mi exasperada y despectiva risa—. Y he sido yo el que la ha bautizado a ella, la Niña, el que la ha instruido, proporcionándole una más noble predisposición, una inclinación más espontánea a las virtudes que más convienen a su sexo… Pero, don Juan, ella tiene orgullo, lo que sin duda también es un don divino, aunque Satanás, el león rugiente, el ladrón de almas, hizo de ello una trampa. ¿Qué pasaría si su impetuosidad femenina… las mujeres son impetuosas, hijo mío —interpuso él con unción—… unida a su orgullo, la llevase a… me horroriza pensarlo… cometer un pecado mortal del que luego no pudiera arrepentirse?

—¡Basta! —le grité yo.

—Sí, arrepentirse —repitió él, poniéndose de pie con entusiasmo, mientras que yo, de pie delante de él, con los brazos colgando a ambos costados, apretaba los puños.


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