La aventura

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Levantó las manos para ocultarse; una genuina emoción le abrumaba; entonces, descubriendo el rostro, me miró fijamente.

—Está perdido, don Juan —exclamó.

—Me temo verdaderamente que estemos a punto de perderlo, su Reverencia —dije yo, sorprendido por este alarde.

Parecía inconcebible que hubiese tenido sus dudas hasta este preciso momento.

El fraile puso los ojos en blanco con dificultades. Me olvidaba sin duda del poder infinito de Dios. Sin embargo, haría falta un milagro… Pero ¿qué habíamos hecho para merecer milagros?

—¿Qué ha sido de la antigua piedad de nuestros antepasados que hizo a España tan grande? —apostrofó él al vacío, algo insensatamente, como aturdido—. No, don Juan; incluso yo, un fiel servidor de nuestra fe, soy consciente de no haber tenido suficiente delicadeza en mi humilde ministerio entre los pobres soldados y marineros… hombres inclinados por naturaleza al pecado, pero sin malicia. Y ahora… he aquí que dos importantes nobles, la fortuna de una gran familia…

Le miré asombrado: él se retorció en cierto modo las manos, como si estuviese profundamente angustiado.


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