La aventura

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Solía hablarme de ese modo casi todas las tardes cuando volvía de la habitación del enfermo. El también tenía sus propias perplejidades, que le hacían enjugarse la frente repetidas veces; más tarde, solía extender su pañuelo rojo sobre las rodillas.

Simpatizaba con Carlos, su amado penitente, y con Serafina, su querida hija, a la que había bautizado e instruido en los misterios de «nuestra santa religión», y a menudo se permitía dejar caer el comentario de que «su ilustre hijo espiritual», don Baltasar, después de una vida agitada que los hombres conocían en demasía, había alcanzado un estado verdaderamente infantil de inocencia y temor de Dios… señal, sin duda, de que el Cielo le había perdonado esos excesos. Acababa siempre por suspirar de buena gana y sentarse mirando al suelo.

Aquella noche entró en silencio y, después de cerrar la puerta con cuidado, se sentó donde siempre: un amplio sillón de madera.

—¿Cómo dejó a don Carlos, su Reverencia? —pregunté yo.

—Muy abatido —contestó él—. La enfermedad le está causando terribles estragos y mi ministerio… yo debía estar acostumbrado a ver las miserias humanas, pero…


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