La aventura

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Un ruido de jadeos me hizo volver la cabeza. El padre Antonio se enjugaba la frente en el umbral de la puerta. Aunque era corpulento, no hacía apenas ruido al andar. A menudo se oía su respiración dificultosa a lo largo de la oscura galería un poco antes de que apareciese su silueta negra, deslizándose. Tenía la placidez exterior de la gente corpulenta, una naturalidad sin artificios que divertía y atraía, y una simplicidad no exenta de perspicacia. En efecto, debía haber mostrado mucho tacto y sagacidad para haber desbaratado todos los intentos de O’Brien para destituirle de su puesto de confesor de la familia. Lo que le había ayudado a mantenerse firme, como me dijo en una ocasión, fue que «Yo también soy, hijo mío, heredero de esa noble y verdaderamente piadosa dama que estaba casada con don Riego. Poco después de su boda me nombraron director espiritual suyo y puedo decir que ella mostró más discreción en la elección de su confesor que en la de su hombre de negocios. Pero ¿qué quiere usted que haga? El mejor entre todos nosotros, salvo intervención de la gracia divina, es susceptible de equivocarse. ¡Pobre mujer!, esperemos que su bendita situación la dispense de conocer las iniquidades que pasan aquí abajo en la Casa».




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