La aventura
La aventura —No —dije yo—; ni a su corazón ni a su conciencia… ni a su gratitud. ¡Su gratitud! Como si no fuera yo el que debe estarle agradecido a usted por haber condescendido a dejar su mano en la mÃa… aunque sólo fuese por unos momentos… aunque sólo fuese para tranquilizar a un moribundo; por la felicidad que me ha proporcionado, por la ilusión de aquel instante maravilloso, que toda mi vida recordaré, al igual que los que se quedan ciegos de repente recuerdan la enorme belleza del sol. Viviré con ese recuerdo, lo albergaré en mi corazón como el bien más preciado hasta el dÃa en que muera; y prometo no volver a mencionárselo nunca más.
Sus labios se entreabrieron ligeramente, siguió con los ojos bajos, inclinó su cabeza como si estuviese atenta en grado sumo.
—Yo no he pedido ninguna promesa —murmuró ella frÃamente.
El corazón se me encogió.
—Gracias por esa prueba de confianza —dije yo—. Yo soy suyo sin necesidad de ninguna promesa. Enteramente suyo. Mas ¿qué puedo ofrecerle? ¿Qué ayuda? ¿Qué refugio? ¿Qué protección? ¿Qué puedo hacer yo? Sólo puedo morir por usted. ¡Ah!, qué cruel fue Carlos, sabiendo que yo no podÃa dar otra cosa que mi pobre vida.
—Yo la acepto —dijo ella, inesperadamente.