La aventura
La aventura Cerré la puerta sin hacer ruido. Carlos había terminado con la tierra. Esto se había convertido ahora en un asunto exclusivamente mío; y la necesidad de llegar inmediatamente a una decisión casi me privó de la facultad de pensar. La necesidad había surgido demasiado pronto; la llegada de ese hombre tuvo el mismo efecto que la súbita aparición de un fantasma. Sin embargo, era lo que yo me esperaba; desde el momento en que nos separamos de la cabecera de la cama de Carlos, no habíamos pensado en otra cosa; nos habíamos entregado en exclusividad a nuestras emociones, como si no hubiese en todo el mundo más habitantes de carne y hueso que nosotros dos. Sin duda, el peligro que corrimos había estado presente en nuestras mentes, ya que estaba en el aire que respirábamos. Fue la condición indispensable para nuestro encuentro, para las palabras que intercambiamos, para nuestros mutuos pensamientos; fue la atmósfera de nuestros sentimientos, algo tan impalpable que se filtraba por todos nuestros poros tan sutilmente como el aire penetra en nuestros pulmones. Y de pronto este peligro, este soplo de vida, toma forma material. La forma material prevista; y sin embargo produce el efecto de un espectro maligno, en la medida en que no se sabe ni dónde ni cómo será vulnerable, lo que haría exactamente ni cómo se defendería uno de ella.