La aventura
La aventura —No sé, mÃster O’Brien, lo que usted puede hacerme, pero le advierto que no escucharé una palabra más a ese respecto —dije yo, poniéndome colorado.
—¿Qué quiere usted saber? —murmuró él distraÃdamente, al tiempo que se alejaba de la mesa para mirar al exterior por la tronera, dejándome allà con la espada y la pistola.
Cualquier cosa que pudiera haberme dicho a propósito del patÃbulo era una imprudencia por su parte. Era caracterÃstico de este hombre, de esa impulsividad que coexistÃa en él junto con la sagacidad, la sangre frÃa en las intrigas, su temperamento despiadado y vengativo. Yo comprendÃa por experiencia propia la imprudencia de todo aquello. Pero él me daba la espalda y ¿cómo podÃa yo…? Que su imprudencia fuese tan completa era una garantÃa para mÃ. Estoy seguro de que no se acordaba de mi existencia. Yo habrÃa saltado enseguida con una daga en la mano sobre un hombre oculto en la oscuridad.
Le inquietaba en lo más profundo de su ser… en lo más profundo de su odio y de su amor, el ver que un joven insignificante (yo no era más que eso) se interponÃa de pronto en su camino. Por fin volvió al lugar que ocupaba antes y me contempló con una especie de sorpresa solÃcita, como si tratara de explicarse mi existencia.