La aventura
La aventura —Nada es demasiado peligroso, demasiado sucio, demasiado pesado. De ustedes los ingleses se espera cualquier cosa, no importa con qué medios se consiga. ¡Golpear! Ésa es la cuestión. MorirÃa feliz si supiese que habÃa contribuido a quitarles a ustedes alguna isla… nada más que una isla pequeña, entre todas las tierras que ustedes han estafado, robado, tomado por la fuerza, adquirido con mentiras… No se burle de mà con sus historias de ladrones. ¿Qué armas más dignas de usted podrÃa yo utilizar? ¡Oh!, soy modesto. Muy modesto. Lo de Jamaica es un asunto sin importancia. ¿Por qué van a preocuparme más esos fanfarrones separatistas que esos idiotas de los legalistas? Para mà todos ustedes son ingleses. Si de mà dependiera, su Imperio morirÃa a alfilerazos por todo su cuerpo, enorme y demasiado crecido para su edad. Dejemos sólo un poco. Si el pillaje de sus barcos puede evitarlo, entonces estoy dispuesto, tal como me ve usted aquÃ, a coger el primer barco, aunque haga aguas. Le aseguro que Jamaica está perdida. Y eso puede ser el comienzo del fin.
Levantó su brazo, no hacia mÃ, sino hacia Inglaterra, a juzgar por su ardiente mirada. No era a mà a quien hablaba. Allà estábamos cara a cara, irlandeses e ingleses, como siempre habÃa ocurrido desde que nos encontramos en el estrecho margen de este mundo que nunca ha sido lo bastante grande para las tribus, las naciones, las razas humanas.