La aventura
La aventura —Eso es bastante sensato —dijo él, con ese invariable aire de amabilidad que a veces parecÃa el más cruel simulacro de humor—. Y ¿piensa usted que un pariente de los Riego se librarÃa del cadalso si asesinase a don Patricio O’Brien, uno de los jueces reales del Tribunal de la Marina, miembro del Consejo, procurador del CapÃtulo…?
—Intendente de la Casa —añadà yo.
—Se lo agradezco —dijo él gravemente—. Asà que usted verá…
—Y jefe supremo de ladrones y corsarios —insinué yo de nuevo.
El respondió a eso con un gesto desdeñoso de superioridad.
—Me pregunto si usted… si alguno de ustedes, ingleses… tendrÃan el valor de arriesgarlo todo: ambición, orgullo, posición, fortuna, tranquilidad de espÃritu, esperanzas más queridas, amor propio, como él ha hecho. Por una idea.
Su tono, que revelaba una cierta exaltación y tristeza por debajo de la sordidez y vileza de las infames maniobras de este hombre, me llenó de asombro. En mi pensamiento, confundÃa en un todo inseparable el despreciable resultado de sus intentos, la puerilidad de su imaginación, lo peligroso de su temeridad y una especie de arrogancia en su lamentable ilusión.