La aventura
La aventura —¿Estoy yo indefenso? —dijo, levantando ligeramente las cejas—. Eso es una novedad, efectivamente. Es usted el que lo supone. Yo he estado muy seguro de eso desde hace no pocos años.
—¿Cómo puede usted conocer los sentimientos de un caballero inglés o prever su actuación? No soy ni un asesino ni un intrigante.
Entró directamente y, dando la vuelta a la mesa, sacó del bolsillo de sus pantalones de montar una pistola pequeña.
—Ya lo ve… no me fÃo demasiado de su generosidad de inglés.
Dejó la pistola descuidadamente sobre la mesa. Yo me habÃa dado la vuelta sobre mis talones. De la manera en que estábamos colocados, abriéndome paso entre las dos palmatorias habrÃa podido atravesarlo de parte a parte antes de que gritara.
Dejé la espada sobre la mesa.
—¿Se fiarÃa usted de un maldito rebelde irlandés? —me preguntó.
—Se equivoca usted en sus suposiciones. No querrÃa tener nada que ver con un rebelde, ni siquiera en pensamiento o como hipótesis. Creo que el intendente de don Baltasar Riego se lo pensarÃa dos veces antes de asesinar en su dormitorio a un invitado de la casa… un pariente, un amigo de la familia.