La aventura
La aventura Alguien venía hacia mí por la silenciosa galería. Era él; lo sabía. Cada vez estaba más cerca. En la profunda quietud, como de tumba, de la gran mansión había oído resonar desde lejos sus pasos sobre el pavimento de mosaico. Acababa de doblar la esquina y bastaba su paso tranquilo para atemorizar el corazón de cualquier adversario. No vaciló ni un sola vez; ni le oí apresurarse o aminorar el paso hasta que se detuvo. Se encontraba ante el portal.
Supongo que en esa habitación grande, a la luz de las dos velas, yo debía ofrecer el aspecto bastante impresionante de un joven amenazador, todo vestido de negro, de rostro crispado y sosteniendo en la mano un largo espadín desnudo. En cualquier caso, él permaneció allí inmóvil, mirándome desde la puerta: en aquel fastuoso marco ofrecía el aspecto de un atildado hombre de leyes español, todo de negro también, de hermosa cabeza, y con su pierna bien torneada, enfundada en medias de seda negra, un poco adelantada. Se había quitado las botas de montar. Por lo demás, yo nunca lo había visto vestido de otra forma. No llevaba arma alguna en la mano ni había ninguna a su lado.
Bajé la punta de mi espadín y, viendo que él permanecía junto al umbral, como si no quisiera arriesgarse a entrar, le dije con desdén:
—No supondrá usted que yo asesinaría a un hombre indefenso.