La aventura
La aventura Yo había dejado abierta la puerta de mi habitación a propósito, para que él supiese que había regresado y estaba dispuesto a recibirlo. Descolgué una larga cuchilla recta, una especie de espadín con empuñadura de taza. Era un arma incómoda y con el filo embotado; sin embargo, tenía la punta de acero y yo estaba dispuesto a abrirme paso a estocadas y a enfrentarme al mundo entero. Invoqué a mis enemigos y no apareció ninguno; y a la luz de dos velas, y con una espada en la mano, me ensimismé presagiando el futuro.
Era categórico e incierto. Mi mente desvariaba respecto a él como un alma que, frente a las puertas del paraíso, gozase por anticipado de la felicidad y se afligiese por su exclusión. No había más que un hombre en el camino. Yo estaba seguro de que nos había estado vigilando a través de la negrura del patio. Debió de haber visto, a la pálida luz de las velas, la escena muda de nuestra separación delante de la puerta de Serafina. Esperaba que lo hubiese comprendido y que la visión de mi sombra llevando las dos luces le habría impresionado por su firmeza y aire triunfal. Agucé el oído. Había oído un ruido…