La aventura

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—Trata de serle fiel a tu señora —dije yo— y todo podrá ir bien todavía.

Ella no me contestó, sino que se incorporó tambaleándose y se marchó a ciegas por la puerta, que abrió lo justo para poder pasar. Había nubes en el cielo. En su negrura, el patio parecía la abertura rectangular de un pozo sin fondo. Recogí las palmatorias y me alumbré camino de mi habitación; el aire amenazaba tormenta y yo caminaba con un confuso sentimiento de inseguridad y exultación.

Las luces de mi candelabro se extinguieron. Puse las dos palmatorias encima de una mesa; las sombras de la habitación se elevaban hasta el techo por encima de las dos llamas, llenaban las esquinas como colgaduras fruncidas y descendían hasta el pie de las cuatro paredes, formando una tienda militar en la que los objetos guerreros apenas brillaban: espadas victoriosas y arcabuces antiguos, dispuestos junto a arcos, lanzas, armas de madera y de piedra de alguna raza extinta, un collarín de combate de conchas o de guijarros, un escudo redondo de mimbre rodeado de flechas, con un mosquete de mecha a cada lado… de esos que para utilizarlos se necesitan dos hombres.



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