La aventura
La aventura Y se fue tan rápidamente como si hubiese atravesado la madera maciza de los paneles.
La Chica se puso en cuclillas. Las luces sobre el suelo encendÃan su mirada vacÃa; con su espalda desnuda, del color de la caoba vieja, emergiendo de la tela blanca, con los mechones de pelo, negro como ala de cuervo, cayéndole por las mejillas, el abandono de toda su persona incorporaba todas las señales externas, todas las formas de la desolación.
—¿Qué teme usted de él? —pregunté yo.
Ella levantó los ojos y se acercó a mà de rodillas.
—Tengo un amante en el exterior.
Se agarró salvajemente del pelo, lo extendió por el rostro y trató de metérselo en la boca a puñados, como para que le impidiese gritar.
—Me hizo una advertencia con el dedo —gimió ella.
Su terror, tan incomprensible como la emoción de un animal, iba en aumento.
—Entonces, ¿qué puedo hacer yo? —dije tristemente.
—No lo sé.
Ella no lo sabÃa. Le pasaba lo mismo que a mÃ. TemÃa por su amor. ¡Como yo! ¿HabÃa algo en el camino de nuestra perdición que él no pudiese conseguir?