La aventura
La aventura —Señorita —grité yo—, yo soy pobre, sin hogar, y me encuentro en un paÃs extranjero. ¿Qué debo creer? ¿Cómo puedo atreverme a soñar? A menos que usted con su propia voz…
—En ese caso, le permito que me lo pida. PÃdamelo, don Juan.
Caà de rodillas y de pronto, alargando el brazo, ella apretó su mano contra mis labios. Iluminada de arriba abajo, la gracia pintoresca de su figura ofrecÃa un aspecto sobrenatural; las inusitadas sombras ascendentes conferÃan a su belleza un nuevo y fascinante misterio. Pasó un minuto. PodÃa escuchar encima de mà su respiración acelerada y me puse de pie, reteniendo sus manos entre las mÃas.
—¡Hace tan pocos dÃas que nos conocemos! —dijo ella en voz baja—. Juan, estoy avergonzada.
—No conté los dÃas. La he conocido siempre. He soñado con usted desde que puedo recordar… durante dÃas, meses, un año, toda mi vida.
El estrépito de una pesada puerta al cerrarse recorrió de lleno las galerÃas que rodeaban el patio, recordándonos el peligro que corrÃamos.
—¡Ah! Lo habÃamos olvidado.
Oà su voz y noté en mis brazos sus formas. Sus labios pronunciaron en mi oÃdo:
—Recuerde, Juan. Dos vidas, pero una sola muerte.