La aventura
La aventura Nos detuvimos. La Chica, silenciosa y tal vez extenuada, apoyó lastimeramente la espalda contra el muro, junto a la puerta de Serafina; y abajo, el sonido puro y cristalino de la fuente, al envolver la pausa de nuestra despedida, pareció dejarme sin resuello con su frialdad.
—¡Pobre don Carlos! —dijo ella—. Siento un gran afecto por él. Y temía que ellos no quisieran que me casara con él. Él amaba a vuestra hermana.
—Nunca se lo dijo —murmuré yo—. Me pregunto si ella llegaría a adivinarlo.
—Él era pobre, sin hogar, estaba ya enfermo, se encontraba en un país extranjero.
—Todos en casa le queríamos —dije yo.
—Él nunca se lo pidió —musitó ella—. Y tal vez… Pero él nunca se lo pidió.
—No tengo ya más fuerzas —suspiró La Chica de pronto, desplomándose al pie del muro y dejando la palmatoria en el suelo.
—Usted ha sido muy buena con él —dije yo—. Sólo que no había necesidad de que él le pidiese eso. Desde luego, lo entiendo perfectamente… Espero que usted entienda también que yo…
—Señor, usted es mi primo —estalló ella de repente—, ¿cree que yo habría consentido únicamente por el afecto que le tengo?