La aventura
La aventura Caminamos lentamente, escoltados en el silencio que de pronto habÃa caÃdo sobre nosotros por el chapoteo de la fuente al fondo del gran cuadrado de oscuridad a nuestra izquierda, y por los patéticos gemidos de La Chica.
—Eso es lo que él querÃa —dijo la encantadora voz a mi lado—. Y usted se negó. Reconozco su valor.
—No fue por motivos egoÃstas —dije yo, preocupado, como si el sonido que tanto habÃa deleitado mi corazón hubiese despertado en mi mente una gran incertidumbre—. Mi valor no vale nada —añadÃ.
—Pero me ha infundido un nuevo coraje —dijo ella.
—No necesitaba usted más —dije yo sinceramente.
—¡Ah! Me encontraba tan sola. Es difÃcil… —vaciló.
—Vivir solo —terminé yo.
—Más que morir —susurró ella, con un nuevo apunte de timidez—. Es espantoso. Sea prudente, don Juan, por el amor de Dios, porque yo no podrÃa…