La aventura
La aventura —Usted sabe que él me habÃa pedido que le dejase actuar —dijo Serafina rápidamente—. Yo le contesté: «No, dele la luz a mi primo». Entonces él me dijo: «¿Realmente lo desea, señorita? Yo soy su más antiguo amigo». Yo le repetÃ: «Dele la luz a mi primo, señor. —Entonces él añadió con crueldad—: Por el amor de ese joven, reflexione, señorita». Y esperó antes de volver a preguntarme: «¿He de entregársela a él?». Creà que mi corazón iba a desfallecer; todo mi temor por usted lo siento… aquà —tocó su hermosa garganta con un rápido movimiento de mano que inmediatamente desapareció bajo el encaje—. Y ya que no puedo hablar, yo… don Juan, acaba usted de ofrecerme su vida… yo… ¡Misericordia! ¿Qué más podÃa pasar? Asentà con la cabeza.
Con la tensión, la precipitación y el embeleso ocasionados por mi inmensa gratitud, le apreté la mano con familiaridad, como si fuésemos dos amantes paseando por la calle en una noche en calma.
—Si no hubiéseis asentido, habrÃa sido peor que la muerte… para mi corazón —dije yo—. Él también me habÃa pedido que renunciase a mi esperanza, a mi luz.