La aventura
La aventura Ese objeto en mi mano estaba ahora dotado de una intención moral, significativa como un símbolo: sólo me lo arrancarían con mi propia vida.
Él levantó la cabeza; una luz brilló en sus ojos.
—¡Oh, yo no quiero morir! —dijo, con esos extraños indicios de humor en el rostro y en la voz—. Pero eso es una bagatela, y usted es joven; sin embargo, puede que valga la pena intentarlo para contentarme… por esta vez.
Antes de que yo pudiese contestar, Serafina me llamó precipitadamente, a muy poca distancia de mí.
—Deme su brazo, don Juan.
Su voz, que sonaba un poco insegura, hizo que me olvidase de O’Brien y, dándole la espalda a este último, corrí hacia ella. Ella necesitaba mi apoyo; y delante de nosotros La Chica se tambaleaba y tropezaba con las luces, gimiendo:
—¡Madre de Dios! ¡Qué será de nosotras ahora! ¡Oh, qué será de nosotras ahora!