La aventura

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Si se hubiese permitido hacer un movimiento provocador, una especie de gesto ambiguo, me habría lanzado sobre él inmediatamente; pero la indolencia con que apartó la mirada, mientras su mano me tendía la palmatoria, me dejó asombrado. Simplemente se la quité de las manos. Él retrocedió, inclinándose ceremoniosamente ante Serafina. La Chica se lanzó en brazos de la joven. Oí su voz diciendo con tristeza: «No debes temer nada, niña»; y se alejaron lentamente. Me quedé frente a O’Brien, con la vaga idea de proteger su retirada.

Esta vez fui yo el que sostenía la palmatoria frente a su rostro tranquilo y sin color; él miraba al suelo reflexivamente, con la apariencia de estar meditando profundamente y en silencio. Pero de pronto percibí que su mano se aferraba convulsivamente a los faldones de su capote. Fue como si accidentalmente hubiese mirado al hombre por dentro… como si pudiese contemplar la solidez de sus ilusiones, de su deseo, de su pasión. Ahora se abalanzaría sobre mí, pensé con una certeza enormemente convincente. E inmediatamente todos mis músculos, agarrotados, respondieron al reclamo de ese pensamiento belicoso.

—¿Querría darme esa luz? —dijo él.

Y yo comprendí que exigía una renuncia.

—Antes preferiría verle morir ahí mismo donde está —fue mi respuesta.


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