La aventura
La aventura Me pareció que el interrogatorio era correcto. La expresión natural, de buen humor, que cubría su rostro no le abandonó ni por un instante, como si tuviera una reserva de paciencia inagotable para tratar las incomprensibles nimiedades de la conducta de las mujeres. A Serafina se le había caído el chal de la cabeza. La Chica se acercó a ella a hurtadillas, dejando escapar de vez en cuando un profundo sollozo, sin rastros de lágrimas; y con sus cabellos dispersos, los brazos desnudos, el desorden de sus atuendos, parecían dos mujeres sorprendidas huyendo de por vida secretamente. Únicamente la señora se mantenía firme; su voz era decidida; había una cierta resolución en la forma en que la pequeña mano blanca estrechaba contra su pecho la mantilla negra. Sólo una vez pareció vacilar en sus respuestas. Entonces, después de una pausa para dejarla reflexionar, él pareció repetir su pregunta. Ella le miró con recelo, a mi entender, antes de confirmar la respuesta anterior con una lenta inclinación de cabeza.