La aventura
La aventura —Ni un centÃmetro —dije yo con virulencia—. Ni en pensamiento, ni de hecho; ni siquiera en apariencia.
ParecÃa como si quisiese retractarse.
—Créame, en la vida hay más cosas de las que usted piensa. A su edad existe más de… —su cuerpo se contorsionó extrañamente, como si hubiese sufrido un súbito acceso de dolor interno, y la sonrisa chistosa que moraba en sus labios se trocó en una horrorosa mueca forzada—… más de un amor en la vida… existe más de una mujer.
Creo que trató de mirarme de soslayo, pues se le estranguló la voz en la garganta. Mi indignación no tenÃa lÃmites. Grité con el ardor de una convicción inextinguible.
—Eso no es cierto. Usted sabe que eso no es cierto.
Durante unos instantes se quedó sin habla; luego, se estremeció y farfulló con esa rabia interior que parecÃa hervir en su pecho como lava fundida sin que jamás aflorase a su rostro:
—¡Qué! ¿Soy yo, pues, el que tiene que desdecirse? Para… para usted… un muchacho… venido de Satanás sabe dónde… un pobre inglés… Por el capricho de una chica… Yo… ¡un hombre!
Se calmó un poco.