La aventura
La aventura —No; está usted loco. Usted sueña. No sabe nada. ¡No puede saberlo! Usted no sabe lo que es un hombre; usted, con su amor juvenil nacido ayer. ¿Cómo se atreve a mirarme, a mà que respiro el mismo aire que ella desde hace muchos años? Es usted un idiota… ¡un maldito idiota! Tantos años durmiendo, despertando, trabajando…
—Y conspirando —interrumpà yo—, intrigando y engañando… durante años.
Eso le calmó del todo.
—Yo soy un hombre, usted no es más que un muchacho; de lo contrario no habrÃa tenido que decirle que su amor —la palabra se le atragantó— es para mà como… como…
Sus ojos descubrieron un aguamanil de cristal tallado y, con un convulsivo movimiento del brazo, lo lanzó por encima de la mesa. Cayó pesadamente, haciéndose añicos con el ruido sordo y apagado de un trozo de hielo.
—Como esto.