La aventura
La aventura Durante algún tiempo permaneció con los ojos fijos en la mesa y, cuando los elevó hacia mÃ, lo hizo con una especie de incredulidad divertida. No habÃa rencor en su voz. Hablaba como un hombre de negocios, un poco desdeñosamente. Sólo me quedaba darle las gracias a don Carlos por la posición en la que me encontraba. Lo que el «pobre diablo» esperaba de mÃ, él, O’Brien, no lo preguntarÃa. Era un ridÃculo asunto de chiquillos. Si esos dos —se referÃa a Carlos y Serafina— no hubiesen sido tan astutos, ahora yo estarÃa completamente a salvo en la cárcel de Jamaica, acusado de traición.
A él la idea le pareció graciosa. Bueno, de cualquier modo, no albergaba peores intenciones respecto a mà que en relación a mis queridos compatriotas. Cuando él, O’Brien, hubo descubierto de qué modo tan absurdo se habÃa dejado engañar por don Carlos —el pobre diablo— y habÃa sido inducido a error por Ramón —todavÃa se lo harÃa pagar—, lo único que se le ocurrió hacer fue alojarme en la cárcel de La Habana. Me daba su palabra de honor…
—¡Yo en prisión! —grité con enojo—. ¿Usted…? ¿Se atreverÃa a hacerlo? ¿Bajo qué acusación? No podrÃa…
—Usted no sabe de lo que es capaz Pat O’Brien en Cuba.