La aventura
La aventura El modesto representante inglés se traicionó de pronto ante el jurista español. Luego me miró frunciendo el ceño.
—Como usted es inglés, lo habrÃa detenido bajo la acusación de robo.
Se sonrojó y yo perdà el control.
—MÃster O’Brien —le dije—, me atrevo a decir que usted habrÃa sido capaz de maquinar cualquier cosa en contra mÃa. Es usted un perfecto canalla.
—¿Por qué? ¿Porque no miento acerca de mis razones, como hacen todos ustedes? Me gustarÃa que supiera que me niego a mentir, tanto a mà mismo como a usted.
Rocé el puño de la espada encima de la mesa. Su extremidad apuntaba hacia él.
—HabÃa pensado —dije yo, acalorado— proponerle que luchásemos nosotros dos, cuerpo a cuerpo, ya que usted ha sido un rebelde y un traidor.
—¡Que el diablo se lo lleve! —murmuró él.
—Realmente es usted un redomado bribón. Pienso que acabará en un patÃbulo.