La aventura
La aventura Me pareció ver lágrimas en sus ojos. Una sonrisa envarada distendÃa sus labios. Cogió la pistola y, como ignoraba evidentemente su manejo, miró con curiosidad el interior del cañón.
Iba siendo hora de pensar en abrirme camino. Era en eso en lo que debÃa estar pensando a mi edad… «A su edad… a su edad», repetÃa él sin ton ni son. Yo era inglés y él me odiaba… eso era fácil de ver aunque no me mirase airadamente ni me hiciese muecas. Sólo sonreÃa. SonreÃa continuamente, y bastante despectivamente. Pero su afecto por una… una… persona que… Su afecto era demasiado grande para superar incluso eso, incluso eso. ¿PodÃa yo entenderlo? DebÃa yo su indulgencia al aprecio que me tenÃa la joven, que por lo demás yo habÃa despreciado… despreciado estúpidamente.
—Bueno, a su edad es disculpable —masculló él—. Una carrera que…
—Ya veo —dije lentamente.
A pesar de mi juventud, me resultaba imposible equivocarme con respecto a sus móviles. Sólo un hombre en su madurez y poseÃdo realmente por una gran pasión… por una pasión que habÃa aumentado poco a poco hasta llenar completamente su alma… podÃa haber actuado asÃ… con esa profunda simplicidad, con tal resignación, con tan terrible moderación. Pero yo querÃa averiguar más.