La aventura

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Recuperé por completo el juicio; y como él repetía «ningún tipo de afecto por usted… ninguno», intuí que lo que le había impulsado era su amor por Serafina. Lo comprendí. Lo leí en su rostro. Sus ojos seguían brillando jovialmente. No otorgaba ninguna importancia a ese asunto entre menores; ninguna en absoluto… ¡bah! Ella era joven, naturalmente, y afectuosa, y muy amable. No podía creérmelo. ¡Ja, ja! Un hombre de su edad, desde luego, lo comprendía… No tenía la menor importancia.

Se alejó de la mesa, tratando de chasquear los dedos, y de pronto titubeó; titubeó como si le hubiera superado el veneno de los celos… como si una idea súbita le hubiese atravesado el corazón. Llegó un momento en que la vista de aquel hombre me conmovió más de lo que nunca, ni antes (eso fue fácil) ni después, me había sucedido ante el espectáculo de los sufrimientos de la pasión. Él tenía muchas ganas de matarme… ese deseo flotaba en la habitación; pero amaba demasiado a la chica para atreverse a hacerlo. Se rió de mí desde el otro extremo de la mesa. Yo había interpretado mal la amabilidad muy natural y característica de una joven que casi no tenía ninguna experiencia de la vida. Él la había conocido desde su más tierna infancia.

—Puede usted creerme —balbuceó.


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