La aventura
La aventura Los nervios me hicieron soltar una carcajada. Por un momento no pude detenerme.
—No voy a matarle —grité.
—¿Irá usted a México? —respondió él, asombrosamente.
Sonaba a broma y él estaba muy serio.
—Debo enviar allà una de mis goletas para un asuntillo personal. Puedo valerme de usted. Le daré esa oportunidad.
Fue como si me hubiese arrojado encima un cubo de agua frÃa. Sentà un escalofrÃo por dentro y me quedé completamente helado. Ahora le tocaba a él dejarse llevar.
El asunto consistÃa en entregar ciertos papeles al comandante español de Timaulipas. Como yo era pariente de los Riego, me encontrarÃan algún empleo en las tropas reales. Un extraño ardor se apoderó de su voz, una extraordinaria vehemencia. Se alejó de la mesa, regresó y me miró a la cara de una manera expectante, notoria. No le impulsaba ningún tipo de afecto por mÃ, dijo, y tenÃa una risa inquietante.