La aventura

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Podía no haberme dado y entonces… O podía haberme matado a tiros. Pero seguramente en Cuba existiría algún tipo de justicia. Estaba bastante claro que él no deseaba matarme personalmente. Bueno, en cualquier caso me encontraba en un gran aprieto: forzarle, aun a costa de mi propia vida, a hacer algo que no quería, era la única medida de que disponía para desbaratar sus planes; lo único que podía hacer, pues, en apoyo de mi misión de librar a Serafina de las intrigas de aquel hombre. Todo aquello me abrumaba deplorablemente. En cuanto a matarle mientras estuviese allí —si es que podía hacerlo, sorprendiéndole con una rápida estocada—, mi educación, mis ideas, mi propia naturaleza, me lo impedían. Jamás le había quitado la vida a nadie. Era muy joven y no estaba acostumbrado a las escenas de violencia; y empezar así ¡a sangre fría! No era solamente mi conciencia la que vacilaba, sino también mi valor. A decir verdad, estaba asustado; no por mí mismo… pues tenía suficiente valor para morir; sino que me asustaba el acto en sí. Era una incógnita para mí… para mis nervios… para mi conciencia. Y luego estaba el patíbulo español. También me repugnaba matarle y luego suicidarme… No, tenía que vivir. «Dos vidas, pero una sola muerte», me había dicho ella… Durante unos instantes la cabeza me dio vueltas como consecuencia del horror que sentía; desde luego, estaba perdiendo la serenidad. La voz de O’Brien interrumpió aquella pesadilla que parecía decirme: «Puede que ése sea tu destino».


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