La aventura
La aventura —No podrá usted ver a nadie. Pero deberá escribir. Doña Serafina, naturalmente, se interesará por su primo y… yo se lo explicaré a don Baltasar, desde luego… Voy a dictarle: «En consideración a mi futuro y a mi deseo de llevar una vida activa, acepto de buen grado y ansiosamente la proposición del señor O’Brien». Ella comprenderá.
—¡Oh!, sÃ, ella comprenderá —dije yo.
—SÃ. Y usted le escribirá cuando llegue sano y salvo a Timaulipas. Debe prometerme que escribirá. Su palabra… —¡Cielos, señor O’Brien! —estallé yo con indecible desdén—. Imaginaba que su intención era que sus bribones me cortasen el cuello durante la travesÃa. No me habrÃa merecido un destino mejor.
Se sobresaltó. Y yo me estremecà de rabia. En cada uno de nosotros se habÃa producido un repentino cambio, como si un ruido violento nos hubiese despertado. Durante unos instantes no dijimos ni una sola palabra. Le bastó con mirarme. Se pasó la mano por la frente.
—¿Qué diablos le pasa, muchacho? —dijo—. Me parece que no hago más que meter la pata.
Se dirigió hacia la ventana-tronera y, sacando la cabeza, gritó:
—La goleta no zarpa esta noche.