La aventura
La aventura Algunos de sus esbirros estaban apostados bajo la ventana. No pude entender la respuesta que obtuvo; pero, al cabo de un rato, dijo lo suficientemente claro como para que le oyesen abajo:
—Les entrego a este espÃa.
Luego regresó junto a mÃ, se metió la pistola en el bolsillo y me dijo:
—Idiota. Haré que todavÃa desee usted ardientemente la muerte.
—Se ha traicionado usted demasiado pronto —dije yo—. Algún dÃa lo desenmascararé. Será mi venganza por haberse atrevido a proponerme…
—¿Qué? —me interrumpió él—. ¿Usted? No, usted no hará eso… y le diré por qué. Porque los muertos no andan contando chismes.
Franqueó la puerta. Lo veÃa de espaldas: un atildado y arrogante jurista español, todo vestido de negro. Con paso tranquilo se alejó por la galerÃa. Dobló la esquina. Los ruidos de sus pisadas resonaron en el patio, cuyas tinieblas dejaban filtrar los primeros fulgores del alba.