La aventura
La aventura —El cuchillo. Pero ¿qué es lo que quiere usted? Antes, cuando le hablaba de eso a don Carlos, él no hacÃa más que reÃrse y burlarse de mÃ. Asà actuaba en los asuntos de importancia. Ahora no quieren dejarme entrar a verlo. Él se encuentra demasiado cerca de Dios… y la Señorita… caramba, con toda su gran nobleza de espÃritu, ella está demasiado cerca de los santos. Mas, ¡qué diablos!, cuando, en mi devoción, decidà dirigirle la palabra a ella, vi algo de ese espÃritu en sus ojos…
HabÃa una ligera ironÃa en su voz.
—¡No! Que no me digan a mÃ… ¡Castro!, que una señora inglesa va a echarme de su presencia por semejante insinuación. «Que su Excelencia —le dije— se digne entonces aceptar que yo me abstenga de ofender a ese hombre. No es mi deseo meter el cuello en el collar de hierro».
Me miró fijamente a los ojos, como si esperase que le hiciera una seña, y luego se encogió de hombros.