La aventura
La aventura —Siempre es cortés conmigo. Amigo Castro por aquÃ, amigo Castro por allá. ¡Bah! ¡Sólo el diablo es amigo suyo! Si quisiera, podrÃa entregarme a la justicia y condenarme a muerte con falsos juramentos. PodrÃa… ¿Quién sabe? ¿Qué necesidad tenÃa él de preocuparse de lo que hacÃa… un hombre que podÃa lograr cuando quisiera la absolución del arzobispo en persona?
Meditó.
—¡No! Sólo hay un remedio para él —me dijo al oÃdo, poniéndose de puntillas—. ¡El cuchillo!
Hizo un movimiento en el aire con la hoja de su cuchillo y me acordé vivamente de la cucaracha que habÃa empalado con tanta precisión a bordo del Thames. Su funesta mirada me recordó sus cabriolas asesinas en el entrepuente, cuando pensaba que el único remedio para mà era el cuchillo.
Fue hasta la tronera y con aire meditabundo afiló el acero en la piedra del antepecho. Yo no me movÃ.