La aventura
La aventura Ella era linda, aunque casquivana. Su amante era un muchacho un poco bobo, hijo de buenos cristianos, que andaba siempre rondando por las aldeas más humildes. No importaba.
Lo que él no podía comprender era por qué se mantuvieron preparados algunos barcos casi hasta la mañana para remolcar al exterior a la goleta. Manuel vino también al amanecer y despidió a las tripulaciones, que se separaron originando un gran alboroto en la playa y gritando: «Muerte a los ingleses».
Le aclaré ese punto. El me dijo que esa mañana O’Brien había hecho llamar a la dueña a su habitación. Nada se había oído desde fuera, pero la mujer salió tambaleante, apoyándose en la pared con las manos. Él la había aterrorizado. Dios sabe lo que le habría dicho. La viuda —como la llamó Castro— tenía un hijo, escribano de uno de los tribunales de justicia. Sin duda era eso.
—Eso es, señor —murmuró Castro, frunciendo el ceño a todo, como si las paredes de la habitación fuesen enemigos—. Tiene a todo el mundo en sus manos de una manera u otra. Debo ser precavido, ¡aunque soy un humilde amigo de confianza de la Casa!
—¿Qué daño puede hacerle él? —pregunté yo.