La aventura

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Ver cómo se arrastraba de esa manera al interior de mi cámara aquel taciturno bandido, que por lo general acechaba con tanta arrogancia que la Casa entera parecía pertenecerle por derecho de vasallaje, me asustó indeciblemente. Sacudió los faldones de su capote y dejó caer al suelo su sombrero.

—Sin embargo, es mejor así. Ni siquiera Ls mujeres de la Casa están a salvo —dijo—. Señor, no tengo intención de ser entregado a los ingleses para ser ahorcado. Pero no me han dejado ver a don Carlos y por consiguiente debo darle a usted mi informe. Son órdenes de don Carlos: «Cuando yo esté muerto, Castro, sírvele como si mi alma hubiese pasado a su cuerpo».

Asintió con la cabeza tristemente.

¡Sí! Mas don Carlos es amigo mío y suyo… de usted.

Meneó la cabeza y me alejó de la puerta.

—Dos lugareños —dijo—, Manuel y otro, se fueron la noche pasada, imagino que enviados por el fraile, en busca del juez a la breña que hay a las afueras de Río Medio.

Como yo ya había adivinado eso, le conté el comportamiento de Manuel bajo mi ventana. ¿Cómo conocían ellos mi cámara?

—Malo, malo —murmuró Castro—. La Chica sin duda se lo contó a su amante.

Silbó y golpeó el suelo con un pie.


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