La aventura

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Me sumí en una especie de sopor confiando en la intervención de la casualidad. Algo ocurriría. Ignoraba cuán pronto y de qué manera tan atroz iba a estar justificada esta impresión. Ejercité todo mi ingenio en el más acreditado estilo amoroso… concibiendo los medios de sostener una conversación en secreto con Serafina. Las condenadas doncellas huyeron ridículamente nada más aparecer yo, como si tuviese la peste. Me estaba preguntando si no debería ir sencillamente a golpear a su puerta con audacia, cuando creí oír que alguien arañaba la mía. Era un ruido furtivo, perfectamente capaz de despertar mis dormidas emociones.

Fui hasta la puerta y escuché. Luego, entreabriéndola sólo un poco, no vi más que el vacío inexplicable de la galería. Un murmullo a mis pies me sobresaltó: era Castro, a gatas.

—Échese a un lado, señor.

Entró en mi habitación, todavía a cuatro patas, y esperó a que yo hubiese cerrado la puerta para ponerse de pie.

—Incluso él tiene que dormir a veces —dijo—. Por lo demás, la balaustrada me ha ocultado.


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