La aventura

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Esa fue la única señal inquietante, absolutamente la única, que destacó aquel día. Fue un día de descanso. Serafina no abandonó sus aposentos; don Baltasar no se dejó ver; el padre Antonio, que se apresuraba a ir a la habitación del enfermo, me saludó con un simple movimiento de la mano. No me dejaron entrar a ver a Carlos; la monja vino a la puerta, me hizo una seña con la cabeza y la cerró amablemente en mis narices. Sentado en el suelo no muy lejos, Castro parecía ignorar mi presencia de una manera tan acusada que me incitó a no hacerle el menor caso. De vez en cuando la silueta de una doncella, con ropa blanca y enaguas de color, revoloteaba en la galería de arriba, y en una ocasión creí ver la figura negra y tiesa de la dueña desapareciendo por detrás de un pilar.

El señor O’Brien, según me había dicho en voz baja el viejo César sin mirarme, estaba sumamente ocupado en la Cancillería. Allí era donde le servían su refrigerio al mediodía. Yo me comí el mío completamente solo y luego la soleada y calurosa quietud de la siesta cayó sobre la severidad castellana de la Casa.





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