La aventura
La aventura El padre Antonio, con la cabeza baja y el breviario abierto delante de sus narices, al pasar junto a mí me rozó el pie con el borde de su sotana.
—¿Tiene usted algún plan?
Cuando regresó, caminando muy despacio, le dije:
—Ninguno.
La siguiente vez que volvió a mi lado declaré rápidamente:
—Me gustaría ver a Carlos.
Miró por encima del canto del libro con el ceño fruncido.
Comprendí que se negaba a dejarme entrar. Después de todo, ¿por qué iba yo a molestar a aquel hombre moribundo? Según las últimas noticias parecía que ese día se sentía mejor. Pero se preparaba para la Eternidad. El deber del padre Antonio era salvar almas. Me sentía terriblemente abrumado y solo. El sacerdote me preguntó, sin mover apenas los labios:
—¿Qué intenta usted?
Tuve tiempo de meditar mi respuesta.
—Decirle a Carlos que pienso huir por mar.
Hizo un ligero gesto de asentimiento, se volvió hacia la escalera y regresó a la habitación del enfermo.