La aventura
La aventura «¡Qué tontería!», pensé. ¿Cómo podía pensar en hacer algo semejante? Escapar ¿adonde? Ni siquiera me atrevía a dejarme ver fuera de la Casa. Dentro de ella mi seguridad dependía del viejo César más que de ningún otro. Él tenía la llave de la verja y ésta era prácticamente lo único que me separaba de una miserable muerte a manos del primer rufián que encontrase fuera. Y con esa idea creí ahogarme en aquel patio a cielo abierto.
Esa verja parecía privarme del aliento vital. Me encontraba allí atrapado. ¿Debería tratar —me preguntaba yo— de informar a don Baltasar? ¿Por qué no? Él me comprendería. Le diría que en su propia ciudad —así llamaba siempre a Río Medio— el asesinato acechaba a su invitado. Eso lo conmovería, si es que algo podía hacerlo.
Ahora estaba paseando con O’Brien después del almuerzo, como había paseado conmigo el día de mi llegada. Únicamente Serafina no se había dejado ver y los tres hombres habían comido solos en silencio.
Se detuvieron al acercarme yo, y don Baltasar me escuchó favorablemente.
—¡Ah, sí, sí! Los tiempos han cambiado.