La aventura
La aventura Pero no había razón para alarmarse. Sin duda había algunas personas indeseables. ¿No habían llegado recientemente? Se volvió hacia O’Brien, que estaba dispuesto a reanudar su paseo, quien le contestó prosaicamente:
—Sí, muy indeseables; y llegaron muy recientemente.
Su Excelencia don Patricio tomaría medidas para quitarlos de en medio, me dijo el viejo para calmarme. Pero realmente no era peligroso para nadie salir. Se dirigió de nuevo a O’Brien, que reía amablemente, como diciendo: «¡Qué absurdo!». No debería olvidar, continuó el viejo, la veneración que todos sentían por el apellido Riego, que, gracias al Cielo, sobrevivía todavía en estos tiempos descreídos y revolucionarios en la propia ciudad de sus antepasados.