La aventura

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Enderezó su espalda un poco, mirándome con dignidad, y luego echó un vistazo al otro, que inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Por un momento me horrorizó lo absolutamente desesperado de mi situación. El viejo no había traspasado aquella puerta durante años, ni siquiera para ir a la iglesia. El padre Antonio decía misa para él todos los días en la pequeña capilla próxima al comedor. Cuando O’Brien —para llevar a cabo sus planes secretos y ocultar mejor sus relaciones con los piratas de Río Medio— le había persuadido para que fuera a Jamaica oficialmente, le habían conducido con gran pompa en un bote de remos hasta el barco que le esperaba mar adentro. Desde hacía muchos años había sido imposible abrirle los ojos sobre el verdadero estado de las cosas. Escuchaba hablar a la gente como quien escucha el balbuceo de un niño. Ya he contado cómo recibió las denuncias de Carlos. Si alguien le insistía, se erguía disgustado. Pero pese a su decadencia había conservado una gran dignidad, una grave firmeza que me intimidaba un poco.







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